miércoles 30 de julio de 2008

Segunda Alocución Presidencial de Rowan

Segunda Alocución Presidencial
a la Conferencia de Lambeth 2008

Rowan Williams, Arzobispo de Canterbury,
29 de Julio 2008


“¿Qué va a decir Lambeth ´08”? es la pregunta que asoma cada vez más visiblemente en el horizonte, a la vez que pasan los días de esta última semana.
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Pero antes de intentar presentarles mis reflexiones sobre ese tema, quisiera tocar la pregunta previa, una pregunta que también podría expresarse como “¿Desde dónde va a hablar Lambeth 2008?”. Y yo creo que, si podemos responder a esa pregunta adecuadamente, entonces habremos fijado algunos fundamentos para cualquiera sea el contenido.

Y la respuesta, yo espero, es que hablamos desde el centro. Y no me refiero a hablar desde ´un punto medio´ entre dos extremos –esa opción solamente crea otro tipo de alianzas políticas. Quierodecir que deberíamos tratar de hablar desde el núcleo y corazón de nuestra identidad como Anglicanos, y en última instancia, hablar desde ese centro más profundo que es nuestra conciencia de vivir en, y ser, el Cuerpo de Cristo.

El hecho de que estemos aquí dice que creemos que hay tal cosa como una identidad Anglicana, que vale la pena invertir nuestro tiempo y esfuerzo en esa identidad. Mi esperanza es que al menos parte de las experiencias de esta Conferencia habrán reforzado ese sentir. Y es también mi esperanza que todos reconozcamos que el único modo, responsable y Cristo de involucrarnos con quienes se han ausentado de esta conferencia, es precisamente hablando desde ese centro en Jesucristo, donde todas nuestras vidas son sostenidas y encuentran su sentido.

Y, como sugerí en mi Alocución de apertura de la conferencia, ese hablar desde el centro requiere hábitos y prácticas y disciplinas que implican demandas para todas las partes –y no porque se esté imponiendo algo extraño y ajeno, sino porque todos sabemos que solamente podremos mantenernos enfocados en ese centro si nos ofrecemos respeto y escucha, los unos a los otros, controlando ese instinto natural, en todos nosotros, de aferrarnos a una dimensión única de la verdad revelada.

Ya he hablado sobre concilios y pacto como las únicas formas que puedo ver que nos permitirán avanzar juntos. Y con esto me refiero, primero, a que necesitamos un poco más de estructura para nuestras relaciones internacionales, para así proveer una guía y asesoría claras sobre qué sería y qué no sería una acción gravemente divisoria para una iglesia local.

Si bien ahora el centro de este tipo de pregunta parece apuntar al tema de la sexualidad humana, podría muy bien ser el caso de presiones para la adopción de una nueva fórmula bautismal, el abandono de una referencia formal al Credo de Nicea en las declaraciones de iglesias locales; podría ser un grado amplio de variación en la práctica sacramental –sobre los elementos de la Eucaristía, o sobre presidencia laica; podría ser la incorporación regular a la liturgia de textos no Escriturales, o aún de material que no sea parte de la tradición Cristiana.

Algunas de estas cuestiones tienen una respuesta bastante clara, pero otras parecen abiertas a una necesidad más grande de discusión; y parece obvio que un cuerpo que inspira verdadera confianza y cuya autoridad es reconocida, nos podría ayudar muchísimo. Pero los puntos esenciales aquí son confianza y autoridad. Si desarrollamos una capacidad tal en nuestras estructuras, como Comunión, entonces necesitamos llegar a un acuerdo sobre qué tipo de peso tendrán sus decisiones; otra razón para argumentar la necesidad de un acuerdo tipo pacto para la Comunión.

Hay quienes han expresado su desacuerdo con el ´legalismo´ implicado en la idea de un pacto. Pero debemos tener muy claro que la ley buena tiene que ver con el garantizar la consistencia y justicia en una comunidad; y también que en una comunidad como la familia Anglicana, ésa ley solamente puede funcionar cuando es libremente aceptada. La comprensión más apropiada del concepto de ´pacto´ es como una expresión de generosidad mutua –ciertamente, ´amor generoso´, para citar el título de un excelente documento sobre cuestiones inter-religiosas, que discutimos ayer. Y aquí podriamos recordar esa poderosa imagen que nos ofreció el Rabino Jonathan Sacks -´Pacto es la redención de la soledad´.

Generosidad mutua: lo que esto significa es encontrar aquello que la otra persona o grupo está, realmente, diciendo, y cuáles son sus verdaderas necesidades. El proceso que hemos seguido en los últimos diez días fue diseñado para ayudarnos a encontrar algo de esto –de manera que, cuando consideremos cuestiones que nos dividen, ya hayamos creado una comunidad de una generosidad tal que es posible vivir en una inclusividad inteligente. No es, en forma alguna, un acuerdo completo sobre todos los temas posibles, pero sí habrá logrado, es mi esperanza, fortalecer el sentido de que, al menos, tenemos un lenguaje común, nacido de la convicción de que Jesucristo sigue siendo el único centro.

Y como parte de esa convicción, ¿qué es lo que hemos escuchado? Ahora quiero intentar un ejercicio que podría ser visto como presumido –y, de seguro, se siente como un ejercicio muy arriesgado. Voy a tratar de imaginarme qué han escuchado, o están comenzando a escuchar en este tiempo nuestro en común, quienes se encuentran en lados diferentes de nuestro debate actual más doloroso. Quiero imaginarme cuáles serían los mensajes fundamentales, dentro de una atmósfera de paciencia y caridad, de aquellos en nuestra Comunión que sostienen una convicción doctrinal y moral clara, y también de quienes, partiendo de ese mismo centro, tienen menos problemas, o no tienen problema alguno, con algunas innovaciones recientes. Aunque estas voces están inevitablemente enraizadas en la experiencia del mundo en desarrollo y de Norteamérica, las divisiones también son claramente perceptibles en muchas otras provincias.

De manera que, en primer lugar, ¿qué podría esperar el creyente tradicional que hayan escuchado otras personas?

“Lo que buscamos hacer en nuestro contexto es transmitir fielmente lo que ustedes nos entregaron –Sagradas Escrituras, ministerio apostólico, disciplina sacramental. Pero, ¿qué podemos pensar cuando estas cosas parecen estar siendo cuestionadas, o aún revertidas? Queremos ser pastoralmente útiles y compasivos para toda persona, queremos ser ´inclusivos´ como a ustedes les gusta decir. Nosotros queremos recibir amorosamente a toda persona”.

“Sin embargo, el Evangelio y la fe que ustedes nos entregaron nos dicen que hay algunos tipos de comportamiento y relaciones que no son bendecidas por Dios. Nuestro amor y nuestra bienvenida no serían verdaderos ni honestos si no decimos a otros de aquello que, verdaderamente, ha conformado y dirigido nuestras vidas –de manera que, junto con esa bienvenida, aún debemos retar a las personas a que cambien sus formas y conductas. No entendemos cómo es que una bienvenida amorosa a personas de orientación homosexual tiene que ser lo mismo que una bendición en nombre de la Iglesia de lo que esas personas hacen, o aceptarles para la ordenación ministerial, sean cuales sean sus estilos de vida. Nosotros buscamos amarles –y, lo aceptamos, no siempre conseguimos hacerlo bien: pero no podemos, sencillamente, decir que no hay nada a señalar o retar. ¿No se parece esto al dilema de la Iglesia Primitiva –recibiendo a soldados y, al mismo tiempo, esforzándose porque dejen las armas?”

“Pero, por favor, también recuerden que –mientras ustedes pueden decir que lo que ustedes dicen y hace no tiene por qué afectarnos, realmente- las decisiones que ustedes toman hacen una vasta diferencia para nosotros. En este mundo de comunicación instantánea, nuestro prójimo, las personas con quienes compartimos nuestro contexto, se enteran bien rápido de cualquier cosa que ustedes puedan hacer, y así nos miran a nosotros como quienes comparten esa responsabilidad. Imagínense qué significa esto allí donde esas personas en nuestro derredor son cristianos tradicionales apasionados – y lo que significa para nuestros propios miembros, quienes se verán en la disyuntiva de dejarnos por una iglesia más “segura”, más ortodoxa. Imagínense lo que significa cuando esos cristianos en nuestro derredor son personas no Cristianas, que pueden alegrarse de encontrar la evidencia que necesitan para atacarnos. Imagínense lo que significa ser conocidos como parte de la “iglesia gay” en un contexto donde algo así invoca el peligro y el acoso”.

“No nos malinterpreten. No estamos buscando solamente seguridad y confort. Algunos de nosotros sabemos muy bien lo que significa llevar nuestra propia cruz. Pero cuando esa cruz nos es impuesta por nuestros hermanos y hermanas en la fe, entonces se vuelve algo más pesado y difícil de llevar. No se sorprendan si algunos de nosotros preferimos estar a cierta distancia de ustedes –o si damos nuestro apoyo a minorías en medio de ustedes que, según nos parece, están sufriendo”.

“Pero nosotros estamos aquí. Hemos tomado el riesgo de venir, porque muchos que piensan como nosotros y creen que, por el mero hecho de venir a reunirnos, les hemos traicionado. Pero nosotros damos gran valor a nuestra Comunión, queremos entenderles y queremos que nos entiendan. ¿Será que ustedes pueden encontrar alguna forma de ser generosos y que nos ayuda a creer que, realmente, les importamos, que les importa este lenguaje común y esta fe común de la Iglesia? ¿Será que, para decirlo muy claramente, ustedes pueden dar un paso atrás y pensar y rezar sobre estos temas sin por ello darnos la impresión de que el debate ha terminado, que nosotros hemos ´perdido´ y que nada de eso, realmente, les importa?
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Ahora, ¿qué podría esperar un creyente no tan tradicional que hayan escuchado los demás?
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“Lo que tratamos de hacer en nuestro contexto es mostrar a Jesús como vivo y actuante en los corazones y mentes de la gente en nuestra cultura. Tratando de hablar el lenguaje de nuestra cultura, y relacionarnos, honestamente al contexto y realidad donde las personas, realmente, están, no es, en forma alguna, una traición de las Escrituras y la tradición. Estamos conscientes de que estamos aventurándonos mas allá de los límites tradicionales, pero, ¿no ha habido siempre cristianos que hacen precisamente eso? ¿No es la Biblia misma la que sugiere algo así?"
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"A menudo, nos sentimos heridos, iracundos y por demás confundidos por la forma en que muchos otros en la Comunión nos tratan recientemente -como si fuésemos leprosos espirituales o traidores en cada aspecto de la fe cristiana. Sabemos que nadie es el mejor juez para sus propios dilemas, pero nosotros vemos vida en nuestra iglesia y, al menos, algunas marcas de los dones del Espiritu. Y parte de eso equivale a reconocer los dones que hemos visto en creyentes de orientación homosexual. Con toda certeza, estos creyentes pueden pensar que ese control y pacienca que ustedes nos piden, es una concesión innombrable, una traición."
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"Por favor, traten de darse cuenta por qué éste es un tema tan importante para tantos de nosotros. Quizás ustedes no puedan verlo así, pero las personas homosexuales aún corren riesgos en nuestras sociedades, son aún vulnerables al acoso y la violencia asesina. Y también debemos decir a algunos de ustedes que nosotros anhelamos el día en que ustedes puedan hablar de las personas homosexuales en el contexto en que ustedes viven y ministran, donde sabemos que son sujetos a inaceptable discriminación. Recordemos que Lambeth también ha aprobado resoluciones en ese respecto".
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"Buena parte del tiempo, sentimos como si nos estuviesen utilizando como chivos expiatorios. Otras provincias tienen serios problemas morales o disciplinarios, o de otra forma, han conseguido negarse a aceptar las realidades en su contexto. Pero aquellos de nosotros que hemos enfrentado los complejos temas alrededor de relaciones homosexuales -en una forma que consideramos abierta y marcada por la plegaria- sentimos que nos están estigmatizando y demonizando".
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"Por supuesto, no todos nosotros apoyamos o participamos de las acciones que han causado tantos problemas. Algunos de nosotros seguimos opuestos con toda energía y muchos de nosotros estamos tratando de encontrar modos de fortalecer nuestros lazos y relaciones con ustedes. Pero aún aquellos de nosotros que no aprobamos totalmente la mayoría de las innovaciones, a menudo sentimos que la vida de la iglesia toda, una vida que es diversa y compleja, pero a menudo profunda y creativamente fiel a Cristo y las Escrituras, están siendo presentadas de una forma incorrecta e injusta a ustedes y a sus amigos".
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"Queremos ser generosos, y nos sentimos heridos de que algunos de ustedes estén devolviendo, en aparente disgusto moral y cristiano, esos recursos que siempre hemos anhelado y aún anhelamos compartir. ¿Será que ustedes pueden tratar de vernos como hermanos y hermanas en la fe que se esfuerzan por proclamar el mismo Cristo, y así ser pacientes con nosotros?".
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Se trata de dos grupos de sentimientos y percepciones, dos llamados a la generosidad. Para el primer interlocutor, el precio de esa generosidad puede ser la acusación de conceder y comprometer: te han comprado, has sido engañado por las charlas y por eso ahora quieres tolerar prácticas y creencias que no son escriturales ni tradicionales. Para el segundo interlocutor, el costo de esa generosidad puede ser la acusación de sacrificar las necesidades de un grupo oprimido, en busca de una unidad falsa o engañosa, sacrificando así un precioso principio Anglicano, por el bien de una centralización eclesial que es de por sí bastante peligrosa.
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Pero es ahì donde está el reto. Si ambos pudiesen escuchar y hablar, con generosidad,
quizás tendríamos algo más parecido a una conversación de iguales -aún, algo que se parezca más a la Iglesia.
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En Dar-es-Salaam, los primados trataron de encontrar una manera de invitar a diferentes grupos a avanzar los unos a los otros, simultáneamente. Pero los últimos 18 meses no sugieren, precisamente, que este haya sido un buen resultado. ¿Será que esta Conferencia puede producir un reto así? Al innovador, le podriamos decir: "No te aísles, no inventes realidades que vacían la invitación al debate de todo sentido y contenido". ¿Podemos decir al tradicionalista, "No inviertas todo en una iglesia supuestamente pura y de almas semejantes; trata de entender los problemas pastorales y humanos y teológicos que son tan urgentes para las personas a quienes te opones, aún si crees que están profundamente equivocadas?
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Yo creo que quizás sí podemos hacerlo, si y sólo si somos arrastrados por la visión del verdadero Centro, el corazón de Dios, del cual brota el impulso de una generosidad eterna, que crea y sana y promete. Es esta generosidad la que sostiene nuestra misión y servicio en el nombre de nuestro Señor. Y es esta generosidad la que estamos llamados a mostrarnos los unos a los otros.
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En el momento actual, a menudo parecemos como si nos amenazáramos de muerte los unos a los otros, en vez de ofrecernos vida mutuamente. Lo que algunos de nosotros entendemos como innovaciones confusas y sin sentido en algunas provincias, se siente como un impacto mortal a la integridad de la misión y aún riesgo físico para cristianos y cristianas. La reacción a esto es, a su vez, percibida como un juicio aniquilador sobre toda la iglesia local, poniendo en duda su legitimidad y deleitándose en ridiculizar su testimonio.
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Necesitamos hablar de vida, los unos a los otros, y eso demanda cambio. Yo no he ocultado a nadie cuál yo creo deberìa ser la solución -un Pacto que reconozca la necesidad de crecer los unos hacia los otros (y que también reconoce que no todos vamos a escoger ese camino). Me resulta muy difícil, en este momento, ver otra forma que nos pueda ayudar a avanzar sin el riesgo de más separación y desintegración.
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Pero cualesquiera sean las opiniones de cada uno de nosotros sobre este tema, al menos preguntémonos, "Después de haber escuchado a ´el otro´, al otro grupo, después de escuchar de forma tan dedicada y justa como he podido, ¿qué iniciativa generosa puedo asumir para llegar juntos a una relación, nueva y transformada, de comunión en Cristo?".
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